Relato de diciembre de 2011

                         Viento lejano

  El tren me dejó cerca del río. Había elegido un lugar bello y
tranquilo. Me alejé del sonido de la ciudad, del ir y venir con
prisa, de la impaciencia y el horario. En la estación, me encaminé
hacia esa parte recordada de la falda de la montaña, tan familiar,
como conocida por mí. Todo estaba en calma, mis pisadas aplas-
taban las hojas caídas y me detuve ante el agua, donde sentí su
fresca quietud. Me senté en su orilla y con aire de melancolía y
ofuscación incliné la frente, herido por ese golpe inesperado; todo
ocurrió sin ni siquiera sospecharlo. Me quedé viudo. Tenía 52
años y mi vida cambió notablemente.
  Encerrado en el mutismo, necesitaba recogerme en esa ribe-
ra del río, refugiarme en un rincón lejano y repasar mi vida de
matrimonio, donde volqué tantas ternuras. En esa vasta soledad,
rescaté de mi memoria íntimos acontecimientos que no se per-
dieron en el olvido. Vi los signos del paso del tiempo. Sabía que
amaría a aquella mujer durante toda mi existencia. Allí se respi-
raba a muerte, vida y amor... Recordé el ritmo de su respiración y
sentí una congoja unida a sensación de vacío, de honda soledad.
El alma se me agarrotó y en ese sentirme deshacer..., algo íntimo
y oculto, ligero y profundo, suave como una caricia o un viento
lejano, atravesando mis entrañas, me regaló una paz con reso-
nancia de instrumento afinado, acompañado con una brisa como
jamás podía haber imaginado en esa situación.
En un tiempo que pareció infinito, me alejé del río, dejando
atrás a los chopos, envuelto en aroma de flores, sonriendo y pen-
sando que no siempre funcionan las leyes de la lógica y de lo
racional.
  ¿Qué había pasado? No lo sé..., no lo sé... Pero lo experimenté.

                                                                                  Raúl Santos

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