Relato de enero de 2012


Mi querido Osiris

En el silencio y oscuridad de la noche, miré por la ventana de
la habitación y vi la luna llena, solitaria... No experimenté, en ese
momento, esa luz romántica de los enamorados. Ella estaba dor-
mida. Me acosté a su lado. Una pequeña lámpara iluminaba el
libro de mi autor favorito, que esta vez había escogido el camino
de la mitología.
Empecé a leer encontrándome espeso, movido por esa costum-
bre de entrar en el sueño sumergido en algún texto. Leí el mito de
Gilgamesh y el de Marduk, sin pena ni gloria, en aquel momento
no pude experimentar la belleza de esas historias. Continué es-
poleado más por la admiración que sentía por el autor que por lo
que había experimentado en esas lecturas.
Me metí con el siguiente mito sin ninguna expectativa. Osiris
fue asesinado por su hermano Seth. La envidia por el reparto que
habían realizado los padres de ambos ofuscó a Seth.
Osiris conoció la ilusión de la muerte y decidió emprender la
tarea de salvar y proteger a todos los que son exiliados del reino
de la vida. Desde entonces, los seres humanos son algo más que
barro animado y la muerte es un canto de esperanza a la vida.
Sentí que el tiempo se detenía, que esas palabras me acaricia-
ban y un sentimiento de agradecimiento a Osiris me invadía. Mi
percepción se agudizó y esa habitación en la que me encontraba
cobraba otro relieve.
Seguí el relato con gran interés. Osiris envió a Thot, el ibis
sabio, que me guió hasta el Árbol de la Vida. Pude eludir las
mansiones de angustia guiado por Thot, que, además, llevaba ese
papiro en el que estaba grabada mi biografía. Después, Anubis,
el chacal justo, pesó mis acciones en esa gran balanza, y, poste-
riormente, pedí permiso a Osiris para abordar la barca celeste y
poder navegar por regiones de esplendor y de luz.
La estrechez de mis límites parecía romperse, me sentí magní-
ficamente bien... Estaba emocionado; era como oír hablar de un
viaje maravilloso que, en algún momento, podría explorar por mí
mismo. La ilusión de un fin se esfumaba y sentí que me invadía
una gozosa esperanza en esa aventura, sea como sea.
Es curioso, un relato de muerte me proporcionó nuevas sensa-
ciones y una forma distinta de sentir la vida y de querer vivirla.

Raúl Santos