Mi querido
Osiris
En el silencio y oscuridad de la
noche, miré por la ventana de
la habitación y vi la luna llena,
solitaria... No experimenté, en ese
momento, esa luz romántica de los
enamorados. Ella estaba dor-
mida. Me acosté a su lado. Una pequeña
lámpara iluminaba el
libro de mi autor favorito, que esta
vez había escogido el camino
de la mitología.
Empecé a leer encontrándome espeso,
movido por esa costum-
bre de entrar en el sueño sumergido en
algún texto. Leí el mito de
Gilgamesh y el de Marduk, sin pena ni
gloria, en aquel momento
no pude experimentar la belleza de esas
historias. Continué es-
poleado más por la admiración que
sentía por el autor que por lo
que había experimentado en esas
lecturas.
Me metí con el siguiente mito sin
ninguna expectativa. Osiris
fue asesinado por su hermano Seth. La
envidia por el reparto que
habían realizado los padres de ambos
ofuscó a Seth.
Osiris conoció la ilusión de la
muerte y decidió emprender la
tarea de salvar y proteger a todos los
que son exiliados del reino
de la vida. Desde entonces, los seres
humanos son algo más que
barro animado y la muerte es un canto
de esperanza a la vida.
Sentí que el tiempo se detenía, que
esas palabras me acaricia-
ban y un sentimiento de agradecimiento
a Osiris me invadía. Mi
percepción se agudizó y esa
habitación en la que me encontraba
cobraba otro relieve.
Seguí el relato con gran interés.
Osiris envió a Thot, el ibis
sabio, que me guió hasta el Árbol de
la Vida. Pude eludir las
mansiones de angustia guiado por Thot,
que, además, llevaba ese
papiro en el que estaba grabada mi
biografía. Después, Anubis,
el chacal justo, pesó mis acciones en
esa gran balanza, y, poste-
riormente, pedí permiso a Osiris para
abordar la barca celeste y
poder navegar por regiones de esplendor
y de luz.
La estrechez de mis límites parecía
romperse, me sentí magní-
ficamente bien... Estaba emocionado;
era como oír hablar de un
viaje maravilloso que, en algún
momento, podría explorar por mí
mismo. La ilusión de un fin se
esfumaba y sentí que me invadía
una gozosa esperanza en esa aventura,
sea como sea.
Es curioso, un relato de muerte me
proporcionó nuevas sensa-
ciones y una forma distinta de sentir
la vida y de querer vivirla.
Raúl Santos

